Ramón Saracho, de 41 años, había sido declarado muerto tras sufrir un paro cardiorrespiratorio mientras era trasladado a la capital por graves quemaduras. Sin embargo, cuando funcionarios de una funeraria preparaban su cuerpo, detectaron que aún tenía pulso, lo que motivó su inmediato traslado nuevamente al área de urgencias.
El paciente fue estabilizado e internado nuevamente, pero pese a los esfuerzos médicos, falleció al día siguiente. El caso reavivó el debate sobre diagnósticos de muerte clínica y posibles estados extremos como la catalepsia.