Para demostrar que el invierno no tiene por qué arruinar la dieta, una nutricionista desmitificó el aumento de peso en los días frescos. La licenciada Giovanna Destefano explicó que el cuerpo gasta más energía para mantener su temperatura ideal en los 37 grados, lo que activa una señal de alerta que nos empuja a buscar comidas muy calóricas. Ante esto, un método tan simple como abrigarse mucho funciona como estrategia directa para engañar al cerebro y frenar los antojos.
Cuando el cuerpo pide desesperadamente algo dulce, en realidad está avisando que faltan nutrientes esenciales como las proteínas, las vitaminas y los minerales. Para no caer en el picoteo constante —al que la experta calificó como el verdadero enemigo—, se aconseja hacer menos comidas al día pero de mejor calidad, asegurando un desayuno potente que rinda para toda la jornada.
A la hora de combatir la ansiedad, los caldos tradicionales como el soyo y el borí-borí, junto con infusiones calientes como el té o el mate, son los mejores aliados. Para las medias mañanas, la profesional recomendó opciones económicas y nutritivas como un puñado de maní, un huevo duro o un pedazo de queso Paraguay, evitando combinaciones peligrosas con miel o azúcar que vuelvan a activar el círculo del hambre.